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HISTORIAS DE MI MADRE. PARTE 1

Ana María Mancera Rodríguez[i]

Narración de un anticatolicismo personal

 

Escribir como ejercicio que usualmente recomiendan los terapeutas de la psique permite hacer una introspección y una proyección que el lenguaje hablado no permite exteriorizar.

Durante muchos años he dicho abiertamente lo siniestro que el cristianismo, católico o protestante, ha sido en países como este. Eso lo decía antes de tener una formación como historiadora, hoy mi imagen respecto al catolicismo se ha fundamentado en cómo durante la construcción del discurso de Colombia como Estado moderno, el papel de catolicismo ha sido esencial. Eso lo entiendo como historiadora y como tal, investigo cómo el catolicismo y el espiritismo en Colombia durante el siglo XIX fueron adversarios y cómo esa enemistad ha sido poco explorada por la historiografía Colombiana.

Ahora bien, yo como mujer, debo reconocer que no soy amante del cristianismo, a mis amigos y colegas les digo que soy anticristiana, y quienes me rodean saben que ese sentimiento de desagrado no se exterioriza únicamente hacia el catolicismo sino que se basa en mi desacuerdo hacia un sistema de creencias que ha sido en muchas microhistorias tan enemigo del libre pensamiento.

La verdad mi experiencia personal con la Iglesia ha sido traumática desde antes de mi nacimiento. Mi madre fue hija de María y Joaquín, un católico que toda su vida insistió en vestirse de azul para apoyar al partido conservador. Mi mamá fue una mujer extraña que decidió no casarse nunca; que se cortó su cabello desde muy joven, porque según su vivencia como niña en uno de los primeros colegios mixtos en Bogotá los niños la tomaban de las trenzas y le pegaban; mi madre una mujer que cuando estaba en su veintena, por un episodio relacionado con el sacerdote de la parroquia de Chia, pensó en lanzarse de la ventana de un hotel en San Andrés. El clérigo defendiendo a sus sobrinos de un robo que cometieron a un grupo de turistas, le dijo a mi madre que él sabía que sus sobrinos habían cometido el hurto pero que se declarara culpable de éste y que dejaran el episodio como secreto de confesión. Para ella, la idea de que sus padres, mis abuelos, pensaran que ella era una ladrona la llevó a acercarse a la ventana de su habitación de hotel, que se había convertido en su sitio de detención, con la intención de lanzarse al vacío. Estaba allí detenida y asustada pues el sacerdote les dijo a las autoridades que la ladrona había sido ella, cuando los que se embriagaron con el dinero hurtado habían sido los sobrinos del representante de la Iglesia.

Según ella, algo le hizo entender que mis abuelos sabrían que ella no había robado nada y decidió guardar silencio hasta llegar a Bogotá donde una amiga suya que trabajaba en el D.A.S la ayudó a demostrar que ella era inocente y que además a ella le habían robado todo lo que llevaba menos un tocadiscos marca Sony.

Siendo así, esta es la historia con la que inicia el odio profundo de mi madre al catolicismo. Años después, ella, fuera de la “sagrada” y ridícula institución del matrimonio logró quedar en embarazo, y decidió criarme explicándome que no había nada sobrenatural, que el niño Dios no existía y que éste no era el encargado de llevar los regalos a los niños. Me explicó también que los niños se hacían debido a la copulación de los padres, ella me contó desde muy pequeña cómo funcionaba la anticoncepción y hablaba, con total naturalidad y desfachatez moralista sobre el sexo.

Teniendo en cuenta esto y por cosas contradictorias que pasan en los sucesos de la historia personal de una mujer que hoy escribe, entré a un Colegio de Religiosas que quedaba en las faldas de una montaña y que estaba al lado del Instituto Caro y Cuervo de Yerbabuena. Entré por la recomendación de un obispo que alguien allegado a la familia consiguió, nunca supimos quién fue el prelado que firmó la carta, y por supuesto, nunca lo conocimos, tuve que entrar así porque en ese momento para estudiar allí necesitaba un certificado de matrimonio católico que obviamente mi madre no tenía.

Desde ese colegio hasta que empecé a formarme como historiadora, estudiar fue una tortura, no por el ejercicio del saber, porque siempre he sido muy curiosa pero porque mis temas de interés han distado mucho de lo que se enseña en los colegios y lo que se debe estudiar para tener dinero. En ese colegio fui tan infeliz, y con mi madre entendimos años después porqué.

Recuerdo el bullying hacia mi por mi inexplicable fealdad, yo era rara porque les decía a las niñas que el niño Dios no entregaba los regalos en navidad, yo era la rara porque entendía que los niños no salían del ombligo o no venían por obra y gracia de una pobre cigüeña que esclavizada trabajaba cargando bebés desde Francia, yo sabía que los bebés arribaban al mundo expulsados por las vaginas de sus madres. De mi, mis compañeras de colegio decían muchas cosas, desde ahí supe lo crueles que las féminas podemos llegar a ser entre nosotras. Los recuerdos sobre las frases más hirientes acerca de mi condición de fea, el hecho de crecer en una casa llena de animales y plantas, de tener una madre que no se preocupaba por la depilación, de “no tener papá”, simplemente porque no vivía con él y demás cosas aterradoras de quienes se cocinaban como perfectas cazadoras de brujas marcaron dolorosamente todo lo que ahora soy y las luchas internas que aun monto en mi desquiciada cabeza.

En el colegio no tuve amigas, siempre decían que ellas no se acercaban a mi porque yo tenia “X o Y” cosa que las alejaba, sólo tuve una amiga con la que todo terminó muy mal porque su madre, una bella rubia barranquillera, víctima de violencia física y psicológica que estaba harta de que su esposo le quemara la ropa para que no saliera y por que le pegaba cada tanto, fue ayudada por mi madre para que huyera de su iracundo esposo hacia su tierra natal.

Desde ese momento y mientras mi cuerpo se empezaba a transformar, recuerdo los días interminables de colegio, los rosarios a las 6 de la mañana en la intemperie de la cancha de fútbol, recuerdo que teníamos que orar por una chica que había quedado embarazada y que había sido expulsada deshonrosamente del colegio, recuerdo de igual manera la historia de una niña que era huérfana y que no le quedaba más remedio que ser novicia en esa comunidad donde la trataban muy mal y nadie la defendía.

Sobre todo hago memoria acerca de lo que nos enseñaban al respecto de las posibilidades que teníamos como futuras mujeres: la primera opción era ser religiosas y fusionarnos con Dios; la segunda, casarnos con un hombre, tener hijos, carro, finca en Anolaima, perros y una casa en la que si nuestro esposo nos pegaba debíamos orar a Dios para calmarlo; la tercera opción, si ninguno de esos dos caminos nos llamaba la atención era la soltería, recuerdo cómo dije en mi mente “esa es mi opción”, pero el ser solteras implicaba dedicarnos a rezar, trabajar para darle el sueldo a la pobre Iglesia católica, y por supuesto jamás tener sexo, una soltería como la de Férula Trueba en la Casa de los Espíritus de Isabel Allende, por lo anterior consideré mis alternativas y llegué a la casa a decirle feliz a mi madre que iba a casarme con Dios y vivir en comunidad. Ella muy sarcásticamente respondió que yo debía tomar esa decisión luego de haber iniciado mi actividad sexual y que si odiaba esa bocado de placer con gusto me acompañaría a las puertas de la vida religiosa.

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En medio de que mis conocimientos eran más saber el padre nuestro que las tablas de multiplicar, yo estaba infructuosamente tratando de hacer amistades con otras niñas, por que mis amigos internos y las largas conversaciones conmigo misma a veces me aburrían. Cuando tenía alguna amistad, esta siempre se acababa abruptamente con excusas que yo no entendía, finalmente y cuando tenía 11 años una valiente, me reveló la verdad:

“Mira no le vayas a decir a nadie, pero mi mamá me prohibió ser tu amiga, porque la Hermana Francisca llamó a mi mamá y le dijo que no dejara que tu y yo fuéramos amigas, porque tu eres una hija del pecado y tu mamá tiene una dudosa reputación”

El olor a alcanfor, ropa planchada, cara malhumorada y un odio hacia mí que no entendía me hacen tener un recuerdo vívido y nauseabundo de la Hermana Francisca. Yo no entendía muy bien, no sabía qué significaban esas palabras, porque curiosamente tenía un extraño síndrome de Estocolmo hacia mi colegio y aunque la antisepsia del centro educativo y las mil y una vírgenes horrendamente pálidas y llenas de lágrimas literalmente me producen arcadas, recuerdo que yo decía en ese momento que amaba a esa institución y no quería abandonar el lugar que se había convertido en mi cárcel. No recuerdo más salvo a mi mamá furiosa armando un escándalo y diciendo:

“Si soy tan puta porque me reciben la pensión sin criticar de dónde viene el dinero? […] a ustedes sólo les gusta que las mujeres se casen para que las rompan a golpes, ahí cuando a las mamás de sus estudiantes son golpeadas ustedes nunca dicen nada”.

Desde ese momento todo tuvo sentido y entendimos con mi madre porqué nunca había tenido amigas. Claramente el colegio se preocupó más por la reacción del Obispo que por el daño que habían hecho, le ofrecieron a mi madre que no me sacara del colegio, que la Hermana Francisca se iba a disculpar con nosotras y que el año siguiente me iban a dejar unas novicias para que me protegieran de las otras estudiantes, todas estas promesas a cambio del dinero de la pensión y del silencio de mi madre con el obispo.

Ante eso mi madre no accedió y recuerdo que indignada empezó a hablar con mucha rabia de las religiosas, pero yo entendí lo horrible del suceso mucho tiempo después, porque lloraba pensando que iba a salir por la puerta de atrás del colegio en el que me habían enseñado a amar a la virgen de la Inmaculada.

Cuando lo entendí mucho tiempo había pasado y comprendo hoy como adulta la ira de mi madre, porque para ella a partir de ese momento que yo estudiara en un campo de concentración y me quedara en ese colegio era lo mismo. Ahora que soy historiadora y sobre el hecho de lo objetiva que debo ser como profesional confieso que aunque no mezclo esos odios con mi investigación, de vez en cuando escribo desde mi investigación académica algo respecto a las cosas horribles que han hecho sacerdotes que en algunos casos terminan en la muerte de quienes piensan diferente o en traumas que te acompañan hasta cuando escribo cosas como esta.

Su nombre era Margarita, su risa era estrambótica, aprendió a escribir fabulosamente en su máquina de escribir durante sus años como universitaria y esta es una de las muchas historias que guardo.

[i] Historiadora de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá). Código ORCID: 0000-0001-8179-9974. Correo electrónico: [email protected]

 

Autor entrada: EGAL