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QUE EL AMOR NO SEA UN MORTAL PELIGRO

Diana Duque Muñoz

Alguna vez, en un encuentro feminista escuché a una expositora decir que las mujeres nos pasamos el tiempo tratando de lograr transformaciones sociales y a veces nos olvidamos de nosotras mismas. Esto sucede en todos los sentidos, y en este caso quisiera hablar de algo que se nos suele olvidar, y es todo lo relacionado con el amor, específicamente con ese sentimiento de estar incompletas en el que fuimos socializadas, pensando que necesitábamos ir por la vida buscando nuestra media naranja.

Nuestra sociedad tiene establecidas muchas metas que se requerirían para alcanzar la «felicidad» pero por más diversas que estas sean, siempre incluyen una familia, una relación de pareja idílica, un estatus económico y social, entre otras. Sin embargo, el sentido de lo que hace feliz a cada ser, debería estar mediado por sus propias construcciones e ideales, por deseos elaborados desde su propio deseo y no por dictados sociales que terminan convirtiéndose en un sentimiento de frustración y exclusión para quienes no logran alcanzar el ideal (lo que en general no sucede como en los cuentos de hadas).

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¿Cuántas personas no fueron educadas con el ideal del amor romántico bajo el cual el príncipe y la princesa siempre estaban incompletos y necesitaban encontrar a su media naranja para ser felices? ¿Cuántas princesas vulnerables y necesitadas de salvación se criaron bajo estos preceptos? Sin embargo, llegar a la vida real con este pensamiento nos hace carentes y así terminamos atrayendo personas desde la vulnerabilidad, el miedo a la soledad y la sensación de estar incompletas. Y como no podemos huir de nuestro propio ser, ni nadie puede elaborar nuestros propios aprendizajes y procesos de sanación; el tipo de personas que atraemos en medio de la carencia, en su mayoría solo funcionan como espejos que reflejan lo que tenemos por solucionar: desamor, falta de autoestima, abandonos, miedos, cosas por perdonar y sanar, e inseguridades.

La construcción de relaciones en nuestras vidas, familiares, amorosas, y de todo tipo, no deberían hacerse a la ligera. Cuidar las emociones es tan importante como cuidar la vida, y para que se construyan relaciones sanas, tendríamos que empezar por dejar de lado la idea de la media naranja y el príncipe o princesa azul que vendrá a rescatarnos, y contrario a eso, rescatarnos a nosotras mismas, declararnos completas y encontrar la satisfacción en nuestro propio ser, de manera que deje de necesitar constantemente ser salvado por otro. Esto, para que después de logrado las relaciones que construyamos puedan ser placenteras y sanas.

Empoderarse significa mirarse al espejo y aprender a amarse y escucharse sin tapujos. Implica la valentía de internarnos en nuestros infiernos para entender en ellos las raíces de nuestros miedos y la composición de los demonios que nos atormentan (historias de desamor, abandono, maltratos, miedos y múltiples violencias). Implica mirarnos sin juzgarnos, sin torturarnos, reconociendo con respeto nuestro ser y nuestra historia. Implica sacar espacio para sanarnos, ir a terapia, reconstruir nuestra espiritualidad desde la libertad y la autoafirmación. Implica darnos primero lo que buscábamos en nuestras parejas y analizar las raíces de nuestros dolores y cicatrices. Implica renunciar a las búsquedas afectivas que están basadas en el deseo desesperado de quedarnos en soledad; hasta saber que podemos encontrar la felicidad en nuestra propia presencia y soledad, y haber logrado afirmar nuestro propio ser más allá de la apariencia física y el temor a la caducidad.

En pocas palabras, necesitamos mirarnos y construir una relación con nuestro propio ser, que nos salve de hacer del amor un mortal peligro.

 

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Autor entrada: EGAL